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Kiko Amat, en el Culturas de La Vanguardia, escribe un artículo muy acertado, que resume básicamente lo que yo pienso, sobre la costumbre de la revista Granta de seleccionar cada década a los mejores novelistas jóvenes. En esta ocasión le ha tocado el turno a los mejores novelistas jóvenes norteamericanos. Estas vacaciones leí la antología en cuestión y, salvando dos o tres relatos, todos me dejaron un regusto de cosa prefabricada e insípida. Pero, además, leyendo el prólogo, me quedaron claras otras cosas que invitan a desconfiar mucho de quienes quieren emular a la MTV en plan cultureta. Porque una cosa es marcar tendencias o jugar a adivinar por dónde va la vaina moderna, y otra muy distinta es “marcar la agenda de lecturas de toda una generación”, como se vende Granta. Al loro cantimploro, porque la cosa tiene su miga:

1) El proceso de selección lo realizan universitarios excelsos y profundamente elitistas. Así, si en la lista de los mejores novelistas británicos, casi todos procedían de Oxford y de Cambridge, en la de norteamericanos, la mayoría son aplicados empolloncetes de la Ivy League. Y, como la propia historia de la literatura demuestra, el talento no fermenta sólo en los campus de Nueva Inglaterra. Como dice Amat: “Es más probable que un camello pase por el ojo de una aguja a que un no universitario pobre y autodidacta publique en Granta. Si Bukowski viviese, su máxima relación con Granta sería limpiar los retretes de la editorial”. Y no quiero ni pensar en cómo los dejaría de guarros. Les saldría más a cuenta tenerle como articulista.

2) El editor de Granta, Ian Jack, cita en el prólogo a Zadie Smith, con quien comparte escándalo por la abundancia de antihéroes violentos y escatológicos en los relatos. ¿Cómo es posible, si son jóvenes ricos y mimados que no han experimentado más muerte en su vida que la de su perrito Randall? Jack lo achaca a una “mal asimilada” influencia del realismo sucio de Carver en los talleres literarios donde se han formado estos escritores. He aquí lo nunca visto: taylorismo elitista. Mucha técnica pero nada que contar. ¿No decía Oscar Wilde que para escribir sólo hacían falta dos cosas: tener algo que escribir y escribirlo? Ya vendrán los lectores luego a discriminar si les interesa o no lo que está escrito. Pero claro, Wilde ya no imparte seminarios en Harvard ¿Para qué leerlo si no puedes ponerlo en el currículum? Por mi parte, tengo claro que, para leer malos sucedáneos de Raymond Carver, prefiero releer los cuentos de Raymond Carver. Qué poco moderno soy, ¿no? No me extraña que no me inviten a rave parties.
3) No hay nada más prescindible que una lista de imprescindibles. No está de más echarle un vistazo. De hecho, yo me he quedado con las ganas de leer algo más de un par de autores (por ejemplo, de Kevin Brockmeier), pero os aseguro que no va a marcer mi agenda de lecturas ni la de nadie. Entre otras cosas, porque soy demasiado veleta para gastar algo tan presuntuoso como una agenda de lecturas”.


UNA DE ROMANOS

22Ago07

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Cuando la pusieron en Cuatro no pude seguirla (en contra de lo que le suele pasar a la gente con horarios decentes, yo sólo puedo seguir las series que echan a partir de la medianoche). La he visto ahora en DVD y, aunque muy tarde, por fin estoy en condiciones de hablar de ella.

Se la recomendé a una amiga seriéfila y me dijo que no le llamaba la atención, que aquello tenía un tufo a BBC yoclaudista que tiraba para atrás. Supongo que a mucha gente le pasará lo mismo, y entiendo los prejuicios: a mí también me resultan insufribles las recreaciones históricas de la BBC, que parecen como de Estudio 1, tan teatrales, tan falsas y con esos actores shakespearianos tan blancuzcos que creen estar interpretando delante de la reina Victoria. Pero es que Roma, aunque esté la BBC de por medio, no tiene nada que ver con Yo, Claudio. Es una serie del siglo XXI para espectadores del siglo XXI, sin pretensiones de ser un manual de historia.

Me gusta Roma. Y me gusta precisamente por todas esas cosas que le han reprochado sus detractores: me gusta que la acción se centre en las ficticias andanzas de dos soldados inspirados en otros dos que aparecen citados en un párrafo de La Guerra de las Galias, Lucio Voreno y Tito Pullio; me gustan los primeros planos de los actores, que rompen con los referentes visuales del cinemascope y nos devuelven una Roma de romanos (esto es, de personas humanas) con la que sí que podemos sentir empatía; me gusta que se folle y que se coma en abundancia, y me gusta el atrezzo, inspirado en Pompeya, tan reconocible para cualquiera que haya paseado por la ciudad maldita del Vesuvio. Y, por supuesto, me quedo tonto con la fotografía, especialmente en las secuencias callejeras, con esos ocres tan bien marcados.

Dicen algunos historiadores que, a diferencia de Yo, Claudio, no nos cuenta nada de la historia romana, de porqué y cómo cruzó César el Rubicón, pero no creo que la pretensión de la serie sea enseñarnos historia antigua. Roma es una serie de gestos y de personajes que viene con la filosofía de HBO, que no es otra que la de eliminar las imposturas de género. Los actores parecen haberlo entendido y están a la altura, por eso aguantan tan bien sus primeros planos y por eso saben imponerse al decorado. Si lo único que nos importase de la serie fuera la exactitud con la que se ha reproducido el Senado romano, habrían fracasado. HBO y la BBC han contado una historia de la vida cotidiana, como siempre, pero esta vez en la antigua Roma, con excusa histórica. Es decir, no han hecho épica (de ahí que no necesiten cinemascope ni grandes planos abiertos), sino lírica.

En otras palabras: es cierto que no se dan las claves por las cuales Roma pasó de una República senatorial a un Imperio de déspotas, pero resulta mucho más interesante ver a Lucio Voreno debatirse entre su sentido del deber, el amor a su familia y su recta moral republicana. ¿Por qué? Sencillamente, porque el dilema de Lucio Voreno lo viven todavía hoy millones de personas cuando salen de su casa por la mañana para ir a trabajar. Éso es lo que distingue a los narradores que quieren captar el espíritu diferenciador de una época de los que buscan la universalidad aglutinante de los sentimientos humanos. Cambian las políticas, las formas de relacionarse, las estructuras sociales, todo cambia. Pero la amistad, el amor, la traición, el deseo, el miedo, el odio y el resto de miserias humanas las reconocemos en cualquier época y cultura, ya sea en un Ulises atado a un mástil o en una oficina silenciosa y gris a las cuatro de la tarde.

Qué le voy a hacer si soy así de superficial.